Ser antes que hacer

Me sentía raro, pareciera que todo lo vivido durante la actividad multitudinaria del fin de semana no había servido mucho. Las felicitaciones de los padres (cosa rara en la pastoral juvenil) perdieron su efecto. Varios meses realizando el mismo evento en diferentes lugares. Muchas reuniones de trabajo, promoción entre los líderes de diferentes ciudades, preparándonos para que todo fuera un éxito;  y lo conseguíamos. Pero me venía a la mente la siguiente pregunta: ¿Por qué me siento así? ¿Por qué me siento vacío?

Hacer cosas para Dios NO nos constituyen en que seamos las personas de Dios.
Ahora…
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
¿Por dinero?
¿Por fama?
¿Por vanagloria?
¿Por qué somos sus elegidos?…Contame otro chiste.

Sin dudas, lo hacemos para Dios. Es casi evidente que la mayoría de los pastores de jóvenes comenzamos sirviendo a Dios porque estamos  enamorados de Él.  En respuesta a su amor nos sentimos movilizados en hacer algo por la juventud.

Algunos lo hacemos:
– Queriendo retribuir lo que otros invirtieron en nuestras vidas.
Otros lo hacemos:
– Para hacer por  otros lo que nadie hizo por nosotros.

Pero algo pasó en el camino, algo sucedió. Nos desesperamos por tener el mejor auto, el más nuevo, actual y exclusivo. Salimos a la ruta apresuradamente, no hay tiempo que perder, cada segundo cuenta. Lo cierto es que  nos olvidamos la dirección de la meta y nos damos cuenta que servimos a Dios, pero no nos relacionamos con él.
En la vida de servicio es muy fácil entrar en caminos que nos llevan a callejones sin salida. Pareciera que si hacemos eventos y actividades constantemente, estamos en el camino correcto. No importa lo que hagamos, la cosa es hacer.
Cuando comencé mis veinte años en la pastoral juvenil, me costó mucho darme cuenta de este defecto en la configuración ministerial. Me frustraba que otros líderes juveniles realicen eventos más relevantes que nosotros, con mayor tecnología, con ideas más creativas.
¿Por qué?
Porque no se quién, ni cuando, me enseñó. O tal vez  yo aprendí mal. Pensaba que cuánto más hacía, era un siervo más eficaz de Dios. Más cool, y eso no es correcto.

Solemos creer que hacer cosas para Dios ya nos constituye en sus hijos predilectos. No tiene nada que ver con  la actividad que hagamos. Los vacíos del corazón no se llenan con éxito terrenal, solo con la presencia de Jesús.
Me preocupa mucho ver a líderes juveniles con su staff, corriendo de un lado al otro, haciendo cosas, discutiendo y peleando para que salgan perfectas. Sin darse cuenta que lo relevante no está en la actividad, sino en los que trasmites a través de ella.
Con el paso de los años, veo que los adultos, hoy padres, que antes formaron parte del liderazgo años atrás, no recuerdan los eventos, sino las vivencias. Recuerdan cómo reaccionaros con lo que les estaba pasando. No se acuerdan de mis mensajes (casi nadie) pero sí de cómo los acompañé o no, en sus crisis, en los conflictos familiares; en las pérdidas.
Lo mismo ocurre hoy. Los jóvenes te van a disculpar  que el evento no salga  tan bien como se planeó. Lo padres te van a perdonar (aunque son memoriosos) si el bus no llegóa tiempo para buscar a los chicos. El pastor te banca si durante la actividad se rompió el proyector.

Pero lo que sería terrible, es que organicemos tantas cosas para que ellos se encuentren y acerquen a Jesús, y nosotros, qué paradoja, ¨sus representantes¨, vivamos corriendo. Haciendo oraciones de microondas, con enseñanzas de libritos o buscando mensajes en “Google” y no vivamos una vida real, apasionada por Dios.

Volvé a la frescura de tu llamado, acordate por qué haces lo que estás haciendo.
Recordá que no somos una productora de eventos, ni una escuela que imparte conocimiento. Somos iglesia, somos cuerpo, somos la casa de Dios, sus templos.
Oro para que cuando te vean, en tus acciones puedan ver a Jesús, que en tu abrazo puedan encontrarse con los cariñosos brazos de amor del padre, y puedan divertiste como lo haría Jesús con ellos.
Preguntate:

¿Cómo estás sirviendo?
¿A quién le servís?
Volvé a la fuente…