Como a Vos mismo

En una mañana fría de invierno, cuando aún vivía en la casa de mis padres,  desperté y bajé rápidamente al comedor. El hogar a leña estaba encendido, me senté en el sillón y mientras me tapaba con una cobija, mi madre me trajo una taza de té caliente.

Hacía dos días que habíamos terminado un evento multitudinario para adolescentes y jóvenes, en esa oportunidad el trabajo fue arduo, pero fue todo  éxito. Pude ver a padres reconciliándose con sus hijos, familias enteras abrazadas, jóvenes pidiendo perdón a sus padres;  a sus líderes y  ofrendando sus vidas al Señor para ser Luz y Sal en donde viven. Toda una gloria.

 

Habíamos trabajado noches enteras sin dormir, ayunando, orando, sin dejar de  realizar nuestras ocupaciones diarias y luego,  a juntarnos a programar, diseñar y proyectar para que todo salga como lo planeamos.
Tanta  era la exigencia y la entrega en cada uno de estos eventos,  que desde los últimos  dos años después de cada congreso, campamento, retiro, recital, velada o viaje misionero, entre otros, me enfermaba. Sentía terribles dolores musculares, fiebre, fuertísimas jaquecas,  me quedaba casi sin poder hablar, es decir se me debilitaba hasta la voz. Y esta vez,  no fue la excepción.
Mientras tomaba el té en silencio, mi mamá   acercó su  silla hacia mí, con su mirada centrada en mis ojos y con voz firme,  pero amorosa me dijo: ¨Hijo, me parece que algo estás haciendo  mal¨ ¿Qué le pasa? me pregunte. Me quedé en silencio, atónito y desconcertado, entonces continuó diciendo: “No puede ser que cada vez que termines de servir a Dios en los diferentes lugares, todos regresen bendecidos y vos, en cambio, siempre volvés  enfermo. Algo estás haciendo mal¨.
No recuerdo cual fue mi excusa, porque siempre tengo una,  sin embargo, hasta el día de hoy no olvido esa charla.
¿Por qué tanto esfuerzo?
¿Qué nos pasa que estamos dispuestos a gastarnos de tal manera para Dios?

El punto es que,  conocer a Dios, enamorarnos de Él, ver cómo nos ayuda, y con su Espíritu Santo, transforma y modifica conductas pecaminosas que por tantos años nos mantuvieron cautivos;  produce en nosotros una pasión descomunal. Le pedimos ver las cosas como Él las ve, oramos pidiendo que nos muestre cuál es su propósito en nuestras vidas y,  de repente;  el telón se abre. A partir de ahí comenzamos a ver la necesidad del otro, sentimos compasión y nos atrevemos a hacer algo involucrándonos en la tarea de discipular vidas. Entonces,  Dios comienza a moverse en la medida que nosotros nos movemos y más allá. Los corazones duros se ablandan, los jóvenes salen de la cautividad, los adolescentes arden en fuego de Dios. Familias enteras son impactadas por el testimonio de sus hijos. Los nativos en la iglesia tienen un encuentro ya no con el Dios de sus padres, sino con su Dios, y todo cobra sentido para ellos.
Ver, palpar, ser parte de todo ese proceso nos renueva, nos hace felices, aumenta nuestra fe. Y aunque el precio sea caro,  estamos dispuestos a pagarlo para ver la gloria de Dios manifestada en la juventud. Olvidándonos  que tenemos un cuerpo y una familia que necesita de cuidados.

 

El Gran Mandamiento es que amemos a Dios con todo. Sí,  todo, cuerpo, alma, mente. Todo. Ese es el eje que nos lleva a buscar la santidad, luchar para que la integridad sea un cotidiano. Portándonos de tal manera, que se vea claramente que Cristo vive en y a través de nosotros. Nos invita a pasar tiempo con Dios. No en el tiempo  que nos sobra, no en algunos lugares, sino con todo y en todo momento. Pero el gran mandamiento no termina ahí, dice y a tu prójimo como a ti mismo.
Crecí en este ambiente, mi padre fue pastor, los amigos de mis padres también, mis tíos y algunos primos lo son, mi suegro y sus amigos también se dedican al servicio pastoral. Soy pastor de gente y vivo rodeado de personas apasionadas por Jesús que sirven en la obra. Y al ver  algunas conductas que se repiten,   suelo pensar que interpretamos mal el gran mandamiento. Amamos a la gente tanto, que nos olvidamos de nosotros mismos. Y entonces lo damos todo,   tiempo, esfuerzo, recursos. Somos capaces de hacer lo que sea por ellos, porque pensamos que sirviéndolos a ellos, estamos amando a Dios. Y en parte,  puede tener coherencia. No obstante,  no dice ama a tu prójimo con todo tu corazón, alma y mente, sino  que lo ames como a ti mismo.  Amar a tu prójimo como a vos mismo, de  la misma manera que a nosotros y a los nuestros,  no más, no menos.

¿Nunca pensaste por qué  tantos líderes se alejan  y no quieren relacionare con el servicio alegando  que es muy duro y sacrificado?  Porque lo dieron todo a la gente, incluso su corazón. Y las personas le pagaron bien por mal. Es que el corazón,  solo tenemos que dárselo a Dios porque solo Él sabe cuidarlo “Dame hijo mío tu corazón”. Y entonces,  a las personas ¿Qué les doy? Tu Amor. El Amor,  que Dios puso en vos, no tu corazón.
¿Conoces algún hijo de pastor, que prefiere hacer cualquier cosa en la vida, menos servir a Dios en el ministerio? Algo venimos haciendo mal.
Una madrugada, en su lecho de muerte, Mi padre, un hombre de Dios con todas las letras,  me dijo: “Por querer que Jesús brille a través de mí,  en mi generación, encendí la ¨vela¨ de mi vida de los dos lados y a temprana edad,  me estoy consumiendo rápidamente¨.
Sin un cuerpo,  no se puede servir a Dios. Cuida tu salud.
Sin una familia sólida,  no se puede ser un testimonio vivo, cuida a tu familia.
Pasa tiempo con tu pareja, cuídala, los jóvenes crecerán  y se marcharán, pero ella se quedará.

Este capítulo me cuesta, porque lo vivo diariamente.

Preguntate:
¿Ya armaste  un equipo de trabajo?
Tal vez,   al principio irás más despacio, quizá no lo harán como vos lo harías, te frustrarás enseñando una y otra vez. Lo cierto es que,  llegará el día en que correrán, harán mayores cosas, no estarás solo en el camino y sobre todo, cuando no estés… Ellos seguirán. Porque todos conocerán a Jesús, pero no solo a través tuyo.